Plumero en mano, música de limpieza de fondo (centroamericana por excelencia), ventana abierta induciendo el ingreso de una suave brisa matinal. Una típica, aunque no tan frecuente, guerra entre la mugre y mi persona. No mucho más que eso, nada de otro mundo. Fluía el devenir del plumero en sintonía con el “tumbado” de la música cuando de pronto la vi, ahí, acurrucada en ese inhóspito rincón, incólume, imperturbable, distante del mundo, a la espera de atrapar el almuerzo, o mejor dicho, a la espera de que el almuerzo le caiga del cielo y golpeé ilusamente a las puertas de su casa. Es ese, sin más, su oficio. La espera.
Me tomé el tiempo necesario. La miré. Nos miramos. Sí sí, ella me vio. Seguramente me veía a diario transitar por mi hogar, por su hogar, familiarizada con mí presencia y ya ajena al sueño iluso de envolverme en tela de su vientre, claro, soy un “insecto” de proporciones inabarcables para su escaso volumen. Con la conciencia de esas certezas se cruzaron nuestras miradas. Ella lo supo también: era la primera vez que yo la veía, y era impredecible mi reacción, más aun, con un plumero en la mano. Los tibios movimientos de sus extremidades denotaban temor, se sabía inferior e indefensa. Quizás también pensó en él. Quién sabe donde se ha metido en este momento de angustia, quién sabe qué emociones transitará en su retorno a un hogar devastado.
La pausa entre canción y canción de mi lista de reproducción ayudó al momento de entrecruce. Fueron tres segundos de silencio que se percibieron como miles. Fue un momento de conexión, de comunicación. No tardó tanto, sin embargo, en llegar un repique de timbal que diera inicio a una nueva jocosa canción y me devolviera inobjetablemente al mundo de los humanos insensibles. Elevé, entonces, bruscamente mi brazo derecho llevando el plumero a lo más alto de mis paredes, allí donde chocan con el techo generando ese maravilloso ángulo en tres dimensiones. Destrocé de un solo movimiento la tela y bajé a la araña de su elevado refugio. Cayó al suelo por el que emprendió una frenética e ilusa estampida sin rumbo preciso. Obviamente, no le fue suficiente para escapar a un certero ojotazo que la convirtió en un tenue punto decorativo del cerámico del piso.
Lejos de regocijarme con mi hazaña, me sentí raro, invadido por alguna clase de angustia. El barrer los restos de la escena del crimen no bastó para quitar de mi memoria al ser que había dejado de existir ni evitar que creciera en mí un profundo sentimiento de culpa. Luego, como si fuera poco, lo recordé, alguna vez lo había escuchado. ¿Será verdad? Suena demasiado romántico, pero puede ser. Recordé oportunamente que las arañas viven en parejas. Léase, donde hay una, hay en realidad dos.
Miré agitado hacia el rincón donde supo morar la araña. Suena tonto, lo sé, pero esperaba ver llegar a su pareja y morir, sin más, de amor ante la irreparable perdida de su media mitad. Ya lo veía, vagando por las paredes, destejiendo telas, liberando moscas, explorando la superficie de algún aerosol “Raid” buscando hendija para zambullirse en el mar de veneno que le quite ese dolor del alma. Es claro que no quiere vivir, no puede vivir si ella no está. Más aun, no se puede perdonar no haber estado ahí, abrazado a la misma tela, huyendo en la misma estampida, inmortalizado por la misma ojota. Ya se cruzarían nuestras miradas, así como lo hice con su señora, y lo que en ella fue una súplica de piedad en él sería un desesperado pedido de muerte.
Una negra cubana gritando un “son” desenfrenado desde mi equipo de música me hizo salir del sopor y me trajo nuevamente al mundo de los humanos. La segunda araña no había aparecido ni se había desatado ninguna novela dramática de ocho patas, pero el temor de que ello ocurriera no me abandonaba.
Fue por ese entonces que solté el plumero y corrí hacia la computadora. Internet me ha de ayudar y desasnar, una vez más. ¿Cuanto de cierto hay en lo que estoy pensando? ¿Cuantas posibilidades hay de que tenga un “araño” con el corazón roto en mi casa? Y la naturaleza, como siempre, me dejó atónito. No solo era errónea toda mi novela mental, si no que, lejos de comportarse como arañas, las arañas parecen tener actitudes sospechosamente humanas. Por algo habitan nuestras casas, ¿no? A saber:
“(…) Siendo cazadoras solitarias, tienden a considerar una presa cualquier cosa que se mueva y tenga el tamaño apropiado. Los machos, generalmente más pequeños que las hembras, buscan a éstas activamente, cortejándolas con “danzas” elaboradas en las que el movimiento rítmico de los pedipalpos puede jugar un importante papel, en un intento por no ser devorados por las hembras. El ritual puede incluir el obsequio por el macho a la hembra de una presa envuelta en seda, lo que en algunas especies ha evolucionado hasta ser sólo un señuelo, la bolsa de seda, desprovisto de contenido. Cuando consigue la aproximación, el macho introduce un espermatóforo en las vías sexuales de la hembra usando sus pedipalpos, que actúan como órganos copuladores. A pesar de la ritualización, es común que la hembra termine la relación devorando a su pareja.” (*)
Claro, ¿qué macho voy a encontrar? Seguro se lo morfó la turra que acabo de matar, que dicho sea de paso, parece tenérselo bien merecido. Además de que siempre me debe haber visto como potencial presa, porque le tienen ganas a todo lo que se mueve. Menos mal que no se me ocurrió demostrar mis aptitudes para la danza. El pobre macho bailando y meneando los pedipalpos para intentar conquistarla y la otra solo pensando en comérselo. Qué vergüenza. Es cierto también que el envoltorio sin regalo es algo bien masculino eh, bien de chanta, pero tampoco para llegar a la vengativa pena de muerte a manos de una caníbal. Si solo quería arrimar el espermatóforo, ¿qué tiene eso de malo, pobre? Es lo que todo hombre busca, al fin y al cabo.
Más que decepcionado volví a agarrar el plumero. Miré, estupefacto, nuevamente el rincón, y recordé la cara melancólica de la araña. Me llené de ira. Me engañó como a un niño y jugó con las creencias que sobre ella circulan. Sabía que yo me iba a comer el verso del romanticismo, y supo también que fue la pachanguera música centroamericana la culpable de romper el momento de hipnosis que casi le salva la vida. Estuvo en los umbrales del engaño profundo, quién sabe que hubiera sido de mí entonces.
Por la memoria de aquel pobre macho meneador es que me enorgullezco ahora de mi actuar. Nunca me podría haber sentido más identificado con un bicho, victima constante de los abusos y los engaños novelescos del sexo femenino. Cualquier similitud con nuestra realidad, claro está, es mera coincidencia.
resentido?
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