Qué fenómeno singular es la añoranza. Una sensación, un sentimiento difícil de poner en palabras. El mirar y anhelar retrospectivamente algo del pasado de lo cual carece el presente. Todo tiempo pasado fue mejor, se suele decir, y hay veces que cuesta imaginar un presente peor al que se vive. Basta, sin embargo, que ese presente se convierta en pasado y que nos inunde un futuro aun más desalentador para entender que siempre se puede caer más bajo.
Hubo un tiempo en que el entongue político lo era casi todo en la Argentina. El curro, el acomodo, la burocracia corrupta, las conveniencias. Una exacerbación de lo más vil y bajo de las miserias humanas y argentinas. Ese tiempo, gracias al cielo, pasó, y vaya alivio porque no hay nada que me moleste más que las medias tintas, las cosas a medio hacer. Si se hace algo, que se haga bien. Cómo es eso de hacer escalar gente y que nunca puedan llegar a las cúspides de poder, o que solo curren unos pocos, o que no se divulgue el bienestar que la militancia y lealtad política permiten. Qué suerte la nuestra ser testigos de este momento de la historia, de esta profundización, de esta evolución del modelo. Hubo un tiempo en que el entongue político lo era casi todo, un tiempo que pasó y dio lugar a un tiempo más acabado en lo que a ideales respecta. Hoy nos toca ese tiempo, un tiempo en el que el entongue político lo es total y absolutamente todo. ¡Al fin!
Cualquier actividad que uno quiera realizar con mediano éxito en lo que a dominios públicos atañe deberá abordar sin timidez este aspecto. Habrá que degustar las medias de quien corresponda, habrá que rebajarse a la autohumillación y allí entender que lo que uno hace lo hace… ¡¡¡por el bien de la patria, por el bienestar colectivo, por amor a la bandera!!!…, ahh, y bueno, por engordar un poquito el bolsillo personal, casi me olvido.
Uno termina por comprender, con el tiempo, tanto fanatismo. ¿Es consistente el “barrabravismo” político, la militancia desenfrenada, el apogeo ideológico social y popular? La respuesta es no, definitivamente no. Es evidente la farsa, el sistema colapsa por su propio peso, es insensato e irrisorio. Hemos, entonces, encontrado al fin la explicación que permite entender como se sustenta dicho engranaje, o al menos su propia imagen: aquellos quienes más enérgicamente pregonan a favor del sistema y generan la “sensación de bienestar colectivo” se ven retribuidos en el corto plazo con beneficios y cargos del orden público. Cual delfín que se porta bien y hace las gracias para su amo, los militantes oficialistas se ven recompensados con frescos y jugosos peces que alimentan su hambre de ascenso en el escalafón social.
Quien aun sea incrédulo de esto, puede acceder a las pruebas en todo momento, basta visitar algún organismo público, algún ministerio, alguna facultad. La envidia de Mundo Marino sea seguramente semejante planta permanente de delfines. Nótese que omití usar como metáfora al pingüino.
Quizás este descargo indignado suene al rencor de aquel que no es invitado al banquete, de quién no recibe su tajada. Quién haya interpretado semejante cosa debe saberse ahora equivocado. No me molesta tanto que esta corrupción latente sea posible como que haya gente dispuesta a llevarla a cabo. ¿Tan miserable se puede ser? ¿Se puede tener tan poca ambición personal? ¿Se puede caer tan bajo? Sí, se puede, y se puede vivir con ello sin ningún remordimiento. Asistimos impávidos al reino de la mediocridad, eso sí que es indignante.
Me voy habituando a la idea de que esto no va a cambiar. Si había alguna esperanza hace un tiempo, ella habitaba en las nuevas generaciones, en los jóvenes entrando en juego en la sociedad. Vaya paradoja, si hay un sector que apoya fervorosamente este sistema, este engranaje corrupto perfeccionado, ese sector es el de los jóvenes. Obnubilados, enceguecidos por el “ebullidero” ideológico que oportunamente se ha generado para ellos y por las tortas recién salidas del horno listas para trozar y repartir. Y estas líneas, que además de indignación reflejan el dolor por la falta de identificación para con mi propia generación, las firma una persona de 24 años. “¡Salvame Jebús!”
Había un tiempo, hace no tanto, en el que el acomodo político y la tranza lo eran casi todo, en el que la corrupción al menos era tema de discusión y bronca. Indignación. Era un tiempo en el que se creyó todo perdido. Nos olvidamos, por entonces, del “casi”. Veinte años no es nada. Qué equivocados que estábamos…
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