El desplazamiento es sin dudas una cualidad de los seres vivos animados, más específicamente, los animales. Como tales, nosotros, los humanos, nos movemos constantemente en pos de satisfacer nuestras necesidades o en pos de…. ehh, nada, simplemente movernos. El movimiento por el puro movimiento, como lo es bailar. Ahora, hablar de animales y de humanos como esferas disociadas nos lleva a erigir una superioridad intelectual y posicional de los segundos por sobre los primeros. Una raza más acabada y evolucionada. Sin embargo, una suculenta manada de búfalos puede atravesar una planicie a altas velocidades sin tropezar siquiera uno, mientras una manada de humanos no puede superar un ligero embotellamiento en una autopista, que dicho sea de paso, esta especialmente diseñada para un transitar fluido y sin “tropezones”. Algo pues, como verán, no funciona.
El ser humano y su cada vez más sofisticado modo de vida han creado vehículos para evitar recurrir al desplazamiento impulsivo que representa caminar. ¿Cómo vamos a utilizar las piernas, que en el mejor de los casos son dos y no tienen repuesto, si podemos en su lugar valernos de algún artefacto que nos lleve y nos traiga satisfaciendo nuestra sed de movimiento? Yo quiero mi autito, y lo quiero ya y no quiero que se suba nadie, a excepción de alguna hembra en celo o en edad de reproducción, digo así… para ponerlo, ya que estamos, en términos salvajes.
Claro, si multiplicamos este pensamiento por la cantidad de habitantes y los ponemos a todos en la calle con sus autitos equivalentes a unos ocho búfalos cada uno queriéndose mover para quien sabe donde, el resultado es inevitablemente el caos. No hay planicie que aguante, ni autopista, ni camino de cintura. Caos, rockanroleee.
Pero no estoy aquí para hablarles de lo evidente. Hay una lógica que subyace a todo este descontrol, una lógica que responde al mero movimiento, al desplazamiento más primitivo: caminar.
Sí sí, sé que parece mentira, pero hay gente que aun camina en el siglo XXI. Esos cuasi indigentes que se abalanzan desaforados sobre una senda peatonal cuando te ves “obligado” a frenar por el rojo de ese aparatito molesto llamado semáforo. Esos, esos son peatones. Pobres criaturas, usando sus piernecitas, no se los puede ni ver sin que a uno se le parta el alma así que mejor hacer caso omiso al rojo y pasar, y si se puede pisar alguno mejor. En ellos radica la punta del meollo que luego de un proceso, que podemos llamar simplemente “aprender a manejar”, se transforma en este inconmensurable caos al que venimos haciendo referencia. Porque un conductor no es más que un peatón con navaja.
El caos que reina en las calles, se ve, se vive, a su escala, en las veredas. La gente no logra aun adquirir un sentido de desplazamiento racional, acorde al nivel de vida que tenemos y a las cantidades que somos. Un búfalo sabe que en su carrera por el llano un mínimo corrimiento hacia uno de sus laterales o un descenso abrupto en la velocidad pueden ocasionar un tropezón en maza con consecuencias trágicas. Un humano, increíblemente, no entiende mucho de ello.
Ahí va, un humano modelo 1930 a paso de tortuga caminando por el carril rápido de la vereda; o ahí va otro zigzagueando mientras escribe un mensaje de texto; o mirá… ahí justo sale uno arrebatado de un edificio y se lleva puesto al trencito de transeúntes que pasaba por esa cuadra. Es cuestión de pararse un instante, a un costado (obvio), y observar. Es tal la brutalidad, la negligencia para desplazarse que no ha de resultar extraño que luego, esas mismas personitas, se estrolen contra lo primero que se les cruce cuando se suben a un vehículo. Transpolación, ni más ni menos.
En ese rato de observación analítica a la orilla de la vereda podremos observar también la cantidad de impactos entre los caminantes, cuyo resultado más trágico quizás sea la caída de algunas carpetas y hojas al piso, pudiendo inclusive desencadenar alguna historia de amor estilo hollywoodense con miradas entrecruzadas y risitas incómodas mientras se recolectan magullados papeles de la acera. Al margen de dichos escasos afortunados, el resto chocamos y con suerte decimos “perdón” y a otra cosa. Es la falta de consecuencias graves lo que hace a estos accidentes tan habituales. Claro, resulta inimaginable una vereda cortada con policías y ambulancias solo porque una anciana embiste con su carrito del super a un skater; o grúas removiendo peatones abollados al chocar en cadena cuando una compradora compulsiva atraviesa obnubilada la vereda desde el carril más lejano para ver una vidriera. Como eso no ocurre y nadie sale herido tenemos “luz verde” para caminar sin pensar, ¡yupi!
Podemos concluir, entonces, que el caos de tránsito automotor es una consecuencia del caos peatonal. En una vereda un choque no significa mucho más que un “disculpe” y a seguir. En una calle o una ruta, al volante de un vehículo, una colisión probablemente mate. Nuestra falta de educación y respeto por el otro evidente en el tránsito automotor puede que encuentre su raíz en el mero transitar peatonal. El día que seamos concientes de que no vagamos solos por este mundo y de que nos rodean miles de personas con sus triunfos y penurias cotidianas, ese día quizás podamos, cual búfalos, atravesar en malón una planicie (o una ciudad) sin siquiera tropezar.
tal cual!
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