En el nuevo mundo globalizado de la comunicación se ha transformado en asunto de discusión la credibilidad de las fuentes. En Argentina en particular es un tema tabú. Pocas veces como en este siglo resultó imprescindible decodificar los mensajes: por un lado entender “qué” se quiere decir, y por el otro saber “quien” es que lo dice. Estas dos aristas llegan hoy a estar casi en un mismo plano, y si esta tendencia continúa llegaremos quizás a un día en el que el mensaje desaparezca por completo y quede solo el emisor. ¿Se imaginan? Diarios sin nada más que su propio nombre en la tapa, canales de televisión con pantalla negra sin más imagen que su propio logo.
Este proceso responde a una lógica muy clara: los medios de comunicación son en este siglo la mayor herramienta de poder, control y dominación. Sus dueños responden a intereses muy marcados, lo que desemboca en una lucha cuyo escenario son los medios mismos y cuya premisa básica es el descrédito del otro. Evidenciar la mentira ajena legitima mi verdad, así parece funcionar.
Lejos quedan de nuestros días las históricas presunciones de objetividad. La misma nunca fue posible, ahora lo entendemos, lo que hace diferente nuestra realidad de la del pasado es que hoy se acepta abiertamente que todos los discursos son subjetivos. Quizás demasiado abiertamente. Es estresante pararte en un kiosco de diarios y mirar las tapas sin saber cual comprar, tratando de recodar a que persona/grupo/gobierno responde cada uno y cuanto de verdad/mentira contienen sus páginas.
Si hay algo que nos ha quedado claro en estos años es que Clarín miente. Desde el precio de compra hasta el “Yo Matías”, todo es una gran farsa que tiende a inmiscuirnos en un escenario irreal ocultando la verdad del mundo: Magnetto y los Noble son el eje del mal, la encarnación del anticristo, el mismísimo Judas escribiendo un panfleto. Pero claro, ahora sabemos que aquellos que nos quieren hacer creer esto tampoco son objetivos. Ahhhhh!!! Y peor aún, parecen tener, al igual que Magnetto, más de Judas que de Pedro. Cagamos, mejor me compro la “Paparazzi” que es banal.
Este escenario de “guerra” mediática acarrea, a mi juicio, una consecuencia preocupante. Lejos de proponernos e incitarnos a consumir los medios de forma crítica, consiente, se nos invita a pararnos ciegamente en una vereda. Aquellos que creen que Clarín miente le están creyendo a alguien que lo afirma y que no tiene por qué ser menos mentiroso que Clarín. Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago. Clarín, como todos los medios, refleja la realidad pasada por su tamiz de intereses. Está en uno saber filtrar, adquirir un sentido crítico capaz de descubrir qué parte de la información es real y cual tiene algún sesgo tendencioso. A saber: en 2004 me enteré por TN que el Papa Juan Pablo II había muerto. Una de tres: o Clarín en algunas cosas no miente, o Clarín en ese tiempo no mentía, o Wojtyła está vivo y tenemos tres papas. “Alto puré!!!”
Ante el estrés del kiosco de diarios y esta “sobre-subjetivización” de los medios, uno inconscientemente empieza a “desenchufar”. Está claro que es imposible prolongar en el tiempo un análisis minucioso cotidiano de los medios de comunicación. Mucho nos cuesta de por sí entender que es lo que nos quieren decir como para vivir desentrañando quién es que lo dice y con qué fines. Empiezo a preferir vivir desinformado.
En ese contexto uno elige qué creer porque la credulidad es una elección. Se puede avanzar en los métodos para persuadir pero en última instancia quien decide creer es el receptor. Por eso las acusaciones cruzadas tendientes a desacreditar a determinado medio no hacen más que subestimar al consumidor. Se entrometen en nuestra soberana elección de qué creer y a quién creerle, en lugar de emplear esfuerzos en argumentar fehacientemente su propia verdad. Más fácil que demostrar que lo que yo digo es cierto es demostrar que lo que el otro dice es mentira, ¿no? En esas va la Argentina de este siglo.
¿Clarín entonces miente? No me atrevería a hablar en términos tan tajantes porque caeríamos en pensar que Juan Pablo II está realmente vivo. Clarín le miente a quien se deja engañar, “subjetiviza” la realidad en una proporción descarada quizás, exactamente igual que, por ejemplo, el programa "6,7,8". ¿Qué autoridad tienen unos de achacarle falta de objetividad al otro? Ninguna. Son parte de una guerra mediática de intereses en la que, como consumidores, no tendríamos que entrar.
Se cree lo que se quiere creer, esa es la cuestión. Que nos dejen en paz con nuestra credulidad, y que no nos vengan a subestimar y dar cátedra sobre la credibilidad del otro cuando no son capaces de defender ni siquiera la propia. Ya lo reza algún verso de Rafael Amor: “peor que mentir es silenciar la verdad”. El que esté libre de pecado, entonces, que arroje la primera piedra.
“Habemusss 3 paaapamm… “
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