“El líder de Al
Qaeda, Osama Bin Laden, ha muerto”. Con ese titular nos fuimos a dormir
el pasado domingo, esperando escuchar quizás el vuelo bajo de algún avión
buscando venganza. Bueno, acá si vuela bajo un avión es seguramente por falta
de combustible porque lejos estamos de ser una mira digna en el mapa
internacional. ¿Vieron? El ser tercermundista a veces tiene su lado positivo. Es
cierto también, que desde nuestro rinconcito, no sabemos bien que posición
tomar ante esta noticia. Si ponernos tristes, si ponernos contentos, si
hacernos los indiferentes. Murió Osama Bin Laden. ¿Y?
Hay quienes van más lejos y ya dicen que Osama no
murió y que en realidad habita alegremente ese limbo de celebridades dueñas de
muertes dudosas, donde puede jugar largas partidas de póker con Walt Disney y
Yabran, por ejemplo. Algún desubicado sugirió que uno de sus más recientes huéspedes
es también Néstor K, teoría que no adscribo. “Mejor no hablar de ciertas cosas”,
diría Luca Prodan.
Lo cierto es que el “Nobel” Obama anunció triunfal la
muerte de Osama y puso en claro, de pasada, que su país hace lo que se le
antoja y que nadie lo para y que no se hagan los vivos, bla bla bla… En
términos diplomáticos dijo más o menos eso. Y la gente celebró la “venganza” en
las calles. ¿Qué venganza? La venganza del ataque que hace casi diez años
recibieron a modo también de venganza por los inescrupulosos manoseos que
constantemente efectúan sobre pueblos y culturas en las cuales no deberían
cortar ni pinchar. Pero las victimas son los mal llamados americanos. Ahhh, sí,
sí. Son ellos los que sufren ataques solo por amor al odio. Pobrecitos, justo
ellos que no se meten con nadie. ¿Por qué no atentarán contra los chinos que
son tantos y hasta quizás se les hace un favor?
De todos modos, decir lo que vengo diciendo parece casi
trillado. Todos afirman a diario lo mismo y ya lo sabemos: EE.UU. cosecha lo
que siembra. Punto. Se escuchan también algunos que desde acá (¡sí, desde acá!)
sostienen que ahora se puede “vivir más seguro” (?). Dejémonos de joder, como
si a alguien le importara nuestra existencia. En este rincón del mundo,
mientras el petróleo los mantenga distraídos y los haga olvidar del agua,
estaremos a salvo y seremos meros espectadores de la carnicería del primer
mundo.
Valga la rima, ambos Osama y Obama, en sus respectivos
momentos, me resultaron simpáticos. Osama, pese a ser ideólogo de una masacre,
era una especie de Robin Hood del horror: mataba al que más ducho era en el
arte de matar. Y sí, dolía ver las imágenes de las torres, ¿pero acaso no se
nos cruzó por la cabeza un “al fin les toca una a ellos”? Obama, por su parte, me
compró con su imagen de presidente siglo XXI, pacifista y conciliador. No tardó,
sin embargo, en cambiar su imagen y alinearla con la de sus predecesores.
Entonces, henos ante una doble pérdida. Limpiaron a
alguien que “peleaba” contra la “opresión yanqui”, y aquel yanqui que pensamos
que podría llegar a derrumbar desde adentro mismo dicha opresión demostró
sobradamente cuan equivocados estábamos en nuestro pensamiento. Ambos
personajes se esfumaron de sopetón. Chau Osama, chau Obama, descansen en paz… si vuestras conciencias lo
permiten.
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