Soy el antiusuario. Hace poco lo entendí, costó sin dudas asumir esta falta de comportamientos sociales lógicos, normales. El anticristo tecnológico, el error de cálculo de Toshiba y Samsung, el Adán que (no) comió la manzana (de Apple) y fue desterrado del paraíso digital por no comportarse como se esperaba. “Al menos tráiganme mi Eva, che”.
Suelo a menudo imaginar a operarios de alguna empresa de telefonía celular o fabricantes de porquerías electrónicas testeando su flamante software o interfaz con mi persona. Pobres, que mala pauta del usuario medio les estaría dando. Chinitos susurrando e increpándose ofuscados por lo insólito de mi comportamiento. Allí donde hay que apretar un botón yo bajo el scroll, allí donde hay que costumizar un perfil yo me adapto al predeterminado, allí donde hay diccionarios que adivinan las palabras yo tecleo letra por letra, allí donde hay que prender yo simplemente apago.
Todo esto esconde un truco vil. Supuestamente, estas herramientas tecnológicas proveen múltiples formas de ser adaptadas a nosotros, a nuestro uso, inclusive a mí, en teoría. Pero no es novedad que la mayor multiplicidad de opciones, la libertad absoluta de acción no provoca otra cosa que estaticidad. Es tal el abanico, es tan amplia la oferta, que genera vértigo, estrés. Y como predecibles que somos, terminamos todos comprándonos el mismo aparatito y utilizando las mismas plataformas. Chau oferta, chau multiplicidad.
Hace poco fui prácticamente increpado por colegas que no entienden como tengo el celular que tengo, como no accedo a los incontables beneficios que otorga la telefonía móvil con internet y la mar en coche. La respuesta es simple: no quiero ser como ellos. No quiero ser esclavo de un artefacto, ni de una red social, ni de amigos imaginarios, ni de la promesa de estar en contacto todo el tiempo con todos y todo. Es absolutamente falso, más cerca creemos estar de la comunicación absoluta y más ermitaños nos tornamos. Como si mis contactos tuvieran realmente cosas importantes e interesantes que decir todo el tiempo, tamaña patraña. Si hay algo a lo que nos somete la pluralidad, sin capacitación previa, es a seleccionar los discursos que valen la pena de los que no.
Sin ánimos de huir por las ramas digamos entonces que el antiusuario no utiliza la tecnología en el sentido que la mayoría la utiliza, que es, ni mas ni menos, el sentido con el que se la diseña. Es innegable que la tecnología digital es avasallante y deja prácticamente al margen del mundo a todo aquel que se niegue a absorberla, pero está en nosotros determinar el grado de absorción y evitar que la relación sea inversa siendo la tecnología quien lo absorba a uno.
0 comentarios :
Publicar un comentario