Es parte constitutiva nuestra el conflicto. Lejos
de ser un lapsus por el cual transitamos cada tanto, el conflicto está
omnipresente en todas las esferas de la vida social humana. Es motor de todos
nuestras acciones y comportamientos, los cuales no son más que simples
estrategias que intentan resolver y devolvernos a ese estado ideal utópico
de “no conflicto”, lo cual nunca ocurre. Nunca.
Somos conflictivos por naturaleza. Amamos, en el
fondo, esa sensación de desdicha y desazón que revuelve las entrañas. Esas
ganas de confrontar contra algo o alguien. Con o sin razón. Escuchame…, je,
¡como si eso importara! Lo importante acá es pelear, después vemos si alguien
tenía razón o si todos estábamos en lo correcto al iniciar el pleito. ¡Bienvenidos
al club de la pelea!
Dentro de ese universo confrontativo encontramos todo
tipo de contiendas: desde dos países intentando delimitar su territorio hasta dos
tacheros ofuscados por maniobras indebidas. La esencia es la misma, y la falta
de motivos reales también. Está, por otra parte, la paradoja más grande de aquellos que
pelean por amor.
Las peleas “sentimentales” son las que, vistas desde
afuera, resultan más graciosas y jugosas. “Los
que se pelean se aman”, grita algún niño a lo lejos. Algo de eso hay. No sé
si para tanto, pero está claro que ni siquiera te rebajás a pelear por alguien
que no te importa. Confrontar con alguien por una excusa boluda no es ni más ni
menos que un gesto de amor enorme. Cuanto más insignificante el motivo, más
amplia la demostración de cariño. Porque claro, a cualquiera se le puede
escapar un “te quiero” tan vacío como resumido en un mensaje de texto (tqm o
tkm), pero… ¿qué demostración más contundente de aprecio que una buena pelea
sin razón o un “empaque” sin motivo aparente? No la hay, no existe.
Alguna casamentera amiga del amor perfecto y sin
raspones estará leyendo esto con los ojos grandes, casi descompuesta. Y sí
querida, andáte desayuna que las relaciones humanas no son tan simples como
parecen. La gente se enoja, la gente inventa guerras y enemigos para sentirse
simplemente viva y humana. Como si acaso tú, alguna vez, no hubieras esperado
que alguien venga corriendo, bandera blanca en mano, a consolar tu desdicha y darte la razón. Empieza,
niña, a encontrarle la gracia a este juego o acuéstate a dormir la siesta.
No sé si se hace un bien al desenmascarar el truco.
No sé si las hostilidades surten efecto si se sabe que tras su carcasa de
violencia esconden amor. No sé si somos capaces de callar un grito con un
abrazo. No lo sé. Seguiremos pues inmersos, a regañadientes, en este romántico masoquismo
rutinario que no es, ni más ni menos, que nuestro estado natural.
“Así en la guerra como en los celos,
sangre, sudor y lágrimas quedan. (…) Un azote en el alma que te empuja a
correr, un eclipse total de la razón.” (Así en la guerra como en los celos –
Joan Manuel Serrat)
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