miércoles, 12 de octubre de 2011

Haciendo migas con mis amigas

¿Existe la amistad entre el hombre y la mujer? Pregunta existencial si las hay. Respuesta: ní. Voy a citar a una sabia compañera, cómplice de anécdotas y reflexiones de trasnoche: “la amistad entre el hombre y la mujer no existe ni a palos, yo me terminé bajando a casi todos mis amigos”. ¡Apa! Ahora bien, con este interlocutor femenino terminamos siempre hablando más de las cosas que me ocurren a mí que de las que le han ocurrido a ella en sus años de descoque “solteril”. Claro, ella comparte mi momento de la vida con la nostalgia del que lo pasó y lo añora como a un recuerdo de la infancia perdida.
Se podría decir que soy un novato en esto de tener amigas. Peco, claro está, de inexperto, olvidando por momentos que estoy interactuando con personas de otro sexo, o, por el contrario, teniendo dicha premisa demasiado presente. Excesivamente.
De grande, en mi vida post secundaria, allí aparecieron las amigas. ¿Por qué? No tengo la menor idea. Cuando quise acordar tenía como 10. ¡10 amigas! Y me sorprendió, me llamó poderosamente la atención tanto temple, tanta cordura, tanta sensatez (¿sensatez?) impidiendo que alguna vez, alguna noche, en algún momento se me salga la cadena con alguna de ellas. Nada. Veníamos safando.
Pero, cuando querés acordar te encontrás transgrediendo las barreras de la amistad con alguna o invitando amablemente a otra a pasar el “umbral”. Sonamos, ya marcaste precedente con una de lo que podría, no necesariamente, pasar con todas. Y allí uno encuentra de todo.
Está la que pasa el umbral y después se arrepiente y ante tu negativa a dejarla volver al “limbo amistoso” se calienta y no le ves más la cara; está la que, en vez de pasar el umbral, salta el paredón sin que nadie la vea y se te instala de este lado sin la mínima intención de volver al limbo; está la que suplica que no se la invite a pasar porque sabe muy bien que no resistiría la invitación; está la ebria aprendiz de acosadora sexual que te dice “¡ma qué limbo ni limbo, vení pa’ acá papito!”; está la que promete pasar el umbral a los 30, matrimonio de por medio, vislumbrando la oleada de fracasos amorosos que nos esperan a ambos hasta entonces; está la comprometida y feliz “juntada" a la cual serías capaz de inventarle el conflicto que la separe del clavo amado (por su bien, obviamente, ejem!); y está la que se niega a pasar argumentando que le gustan las mujeres, confesión a la que acompaña con cara de “¡tomá!, no te esperabas semejante respuesta he, no contemplaste esa variable gilún”. En fin, de todo en la viña del señor.
Ahora, caso insólito si los hay: la que pasa el umbral sin casi haber pasado previamente por el “limbo amistoso” y después quiere volver tras sus pasos y conocer ese sitio por el cual no pasó. O sea, hacer las etapas a la inversa. ¡¿What?! Explico por si alguno no entendió: hablo de alguien con quien primero, sin mucha amistad previa, “pasa algo” y después quiere convertirse en fiel amiga, gambeteando así el peligro de comprometerse sentimentalmente con, en este caso, mi persona. “Te quiero…, pero no quiero, ¿se entiende? Vos tratáme como tratás a tus otras amigas y listo”. Ajam, perfecto, ¿cómo cual preferís que te trate? ¿Alguna en particular?
Qué difícil hacer caso a quien dice "no" y simultáneamente hace que sí con la cabeza.  “Vos te las buscas”, me dice, con toda la razón, esa sabia interlocutora de trasnoche. Soy un nabo totalmente asumido, ya se los conté en otro artículo, ¿no? (*)
Entonces, nos encontramos aquí con una pequeña conclusión: ¿puede acaso eso que llamamos amistad entre el hombre y la mujer significar a veces una excusa y estadio intermedio entre la nada y el todo? Empiezo a pensar que sí. En la amistad podemos poner a descansar los temores, las inquietudes, las dudas, las incertidumbres. Somos amigos, algo así como todo y nada al mismo tiempo. Está todo bien, nos queremos pero no nos tocamos, no vaya a ser que nos tentemos y el orden físico prevalezca al espiritual, ¡tamaño pecado!, o nos sorprenda el amor y todos sus ingredientes novelescos. Porque además de amigos somos, inevitablemente, mujer y hombre, con todo lo que ello implica. ¡Mader facker!
Seamos entonces políticamente correctos, esa parece ser la premisa. “No, nada que ver, somos amigos, nada más”. Si lo tuviste que explicar es porque a alguien le generó duda, y si a alguien le generó duda es porque muy probablemente algo hay. Si somos tan amigos, como mínimo seamonos sinceros.
Amistad. Hay momentos en que esa palabra suena a premio consuelo. Y todos los elementos que no sabemos donde meter entran aquí. Casi. Lo que no entra quizás es justamente esa mentira. ¿Qué clase de persona le miente a un amigo/a, o peor aun, le miente en pos de mentirse a sí mismo? Ahí nos estamos metiendo con cimientos mismos de la amistad, todo en afán de hacer encajar una relación en un rótulo que claramente no le cabe. El limbo, así como el espacio al otro lado del umbral, empiezan a tener su derecho de admisión.
Cual oficio sin academia, lo vamos aprendiendo con el andar. Qué se le va a hacer, no se nace teniendo amigas, o sabiendo manejar todos los estados intermedios que hay entre una amiga y una novia. En esa dimensión quedó ella, la única mujer que me puso alguna vez el rótulo de “amigovio” (algo así como instalarse con el mate y los bizcochos en el umbral mismo, ¿no?). Ella, a la cual puedo siquiera acariciar solo cuando se alinean Venus, Marte, Júpiter, la luna y la Tierra en el ocaso de un 29 de febrero de algún año bisiesto, justo ella, la poseedora de mi trato más preferencial, me suplica ahora que la trate, paradójicamente, como a una mera amiga. Como si uno pudiera cambiar tan fácil de estado y actitud. Una súplica que, además, esconde la propia incapacidad de hacer lo que se le esta pidiendo al otro que haga. Me es imposible y nos es imposible, queramos o no aceptarlo. ¡Si supiera! Si supiera que más de dos veces alguna amiga apagó la luz antes de siquiera poder amagar a poner la pava para el mate. Si lo supiera, la amigovia, muy a contramano de lo que en el fondo siente, seguramente pediría que, más que como una amiga, la trate como un amigo.

 “…¿Es que no te has dado cuenta, de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?” (Algo contigo – Chico Novarro)



1 comentario :