viernes, 13 de abril de 2012

Cómo elegir un vicepresidente y no arrepentirse en el intento

Ser segundo en algo, suceder a un primero. Estar ahí, en el banco de suplentes del equipo más caro, ser el reemplazo del “crack”. Sentarse, sin más, a esperar ser llamado por el deber. No es fácil, claro que no, no es fácil ser vice. No es fácil ser capaz, sabiendo que solo capaz se haga uso de las aptitudes de uno. Y las aptitudes, si es que las hay (no creo que sea el caso), puede que se desgasten con el tiempo dada la falta de uso.
Pobre criatura, vaya crisis le ha de generar su rol. Algún malintencionado le criticará enfáticamente en estos días por sus turbios negocios con amiguitos. Friends will be friends… Nadie se pone a pensar lo mal que la pasa, lo estresante de estar siempre entrado en calor para salir a la cancha en cuanto la realidad lo demande. Ayer fue la tiroides y mañana quién sabe que puede llegar a ser. No se piensa en las personas en este país, eso si que no. Tampoco se aprende de los errores, ya os hemos dicho en otra ocasión. La sucesión de traspiés en la designación a dedo nos confronta con la necesidad de establecer una pauta, un manual, un “algo” que nos diga como joraca elegir un vicepresidente y no arrepentirnos por cuatro años. Mis mas sentidas disculpas Chacho Alvarez, cual Fabio Zerpa, tenías razón, sos el único que abandonó el Titanic antes de que se estrole contra el iceberg.
Es interesante el devenir del kirchenismo en este rubro porque ha tenido tres instancias de elección probando las variantes más contrapuestas con resultados con curiosa tendencia a la negatividad. Vamos, como si fuera mera ficción, por orden de aparición:

En el 2003, primer mandato de Nestor y va Scioli de vicee. “Miralo vos a Scioli”, dijimos estupefactos por esos días. Viaje directo desde los días de la lanchita a la vicepresidencia de la Nación, con breve escala en la reclusión temporal. Personaje simpaticón, ameno a la gente como todo deportista, con la dosis justa de heroísmo por faltarle un bracito perdido en la “cancha”. Y ahí estaba el tipo, activando con su mano izquierda los micrófonos de las bancas de Senadores. Impensado pero aceptable. Molestar seguramente no va a molestar, y su buena imagen va a permitir ponerlo después en algún otro carguito más importante y manejarlo a antojo. ¡Bien ahí!
2007. Entra Cristina, y ahí parece que se dijo: “Nos la jugamos y nos hacemos los plurales, ¡pongamos un vice radical, mierda!”. Esta, a simple vista, es la idea que más evidenciaba de antemano su propio fracaso. El vice radical se dio vuelta en la primera de cambio y a fumárselo cuatro años. Mientras, el motonauta trepa sigilosamente y se acomoda en el máximo cargo de la provincia más grande. Bien ahí.
Bueno, tanto tiempo bancándonos al pesado de Cobos no hizo más que generar una profunda reflexión en torno a la elección de un nuevo vicepresidente. En esta no se le puede pifiar, hay que ir a lo seguro y poner algún naboleti del séquito. No importa que no sea capaz, no es esa la ideología a seguir, lo importante es que sea leal. Y como plus, si ese candidato es joven y rocanrolero, va a prender mucho en los votantes de menor edad. ¡Al fin se aprendió a elegir! ¿Y el de la lancha? Ehh, bueno, sigue en la provincia y sacó casi más votos que el proyecto que lo vio nacer, pero a no desesperar porque tiene un vice puesto especialmente para molestar. Para eso era el cargo, ¿no?

Y así de fácil se llega a nuestros días. Ahí están, sin más, revolviéndole la casita al pobre Bodou. ¿Qué culpa tiene? ¿Qué sabía que iba a ser vicepresidente cuando se mandó los negociados? Seamos justos con él, por favor. El solo quiere tocar la guitarra todo el día, es trasparente como su vos. Ahora, lo peor: al tipo se lo eligió por la lealtad. ¿Cómo van a sacárselo de encima? No van a poder hacerle la gran Cirigiliano y fingir que nunca lo habían visto. Cual perro faldero, lo van a querer dejar con un hueso en un callejón y los va a seguir con la cola entre las patas. Porque el tipo es leal, por sobre todas las cosas, eso se le inculcó. Veremos si es capaz de entender que “lealtad” también significa inmolarse cuando la imagen de uno hace peligrar la imagen grupal. Pequeño Kirchnerito Ilustrado, tomo 1.
Ya vamos entendiendo, entonces, la complejidad de la elección de un  vicepresidente, algo que en teoría tendría que ser una pavada. Todas las fórmulas parecen estar destinadas a fracasar. La opción que restaría intentar se descarta de antemano: una persona capaz y con convicciones propias evidenciaría las inmensas incapacidades del modelo.
¿Cómo elegir un vicepresidente y no arrepentirse en el intento? No podemos, ahora lo sabemos. Solo nos queda evitar elegir, otorgando dicha responsabilidad a un tercero. Así, al menos, tendremos en su debido momento posibilidad de reproche y, como tanto nos gusta, una cabeza para cortar.

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