martes, 17 de abril de 2012

Ella baila mal

¿Quién lo dijo? ¿Dónde está escrito? Serán ellos, quizás, los estereotipos que bajan desde quien sabe donde a iluminarnos e instaurar ideales a seguir. A mi no me consta. La belleza es tremendamente subjetiva, y vaya que no es novedad esto. Ella puede ser un gran ejemplo…, ella fue un gran ejemplo.
Fiesta. Una recibida, creo. Qué importa. Trabajo de esto, así que ya no importan los motivos que llevan a uno a montar el circo pachanguero. Era una fiesta y punto. Lindas chicas, claro que sí, de apetecible edad y sensual cuidado al vestir. Minifaldas ajustadas que dejan al descubierto armoniosas piernas carentes de várices. Aunque ellas no lo crean, es ineludible foco de atención para un hombre las piernas de una mujer, quizás por encima de otras “partes” que se podrían presuponer más atractivas. Es tal el efecto, el éxito que dicha vestimenta y su “mostrar lo justo y ocultar lo debido” genera que tranquilamente podría intuirse que una marca de ropa afín auspició el evento y donó el material textil que se luce en la gala. Todas, prácticamente todas, tienen prendas excesivamente similares.
Sí antepuse el “prácticamente” a la palabra “todas” es porque justo en los umbrales de mi resignación, la vi a ella. Entró, con paso discreto y sobria elegancia. Lejos estuvo de darse vuelta todo el mundo ante su aparición, no pasa desapercibida pero dista demasiado de ser el centro de la fiesta. Hubo algo, sin embargo, que me paralizó y me hizo seguir visualmente su recorrido por un instante que estuvo más cerca de ser eterno que breve. Ella llevaba puesta una pollera larga como sus piernas que rozaba enérgicamente sus tobillos, sostenida por un elegante cinturón poco por encima de la cintura desde donde partía a lo largo de su tórax una camisa blanca desprendida en sus inicios intentando destacar un moderado collar. Un look pseudo intelectual, quizás, casi de secretaria. Un look sin dudas trasgresor, al menos en ese ambiente. Un look que la hacía perfecta.
Insisto, soy seguramente el único que posó los ojos sobre ella aunque, insisto también, era una belleza. La abundancia de material espectacularmente producido hacía que pasara injustamente inadvertida, algo que seguramente se propuso antes de salir de su casa. Esa forma de pensar, evidenciada en su vestir, ya me generó atracción.
De cara muy linda también. Pelo largo, suelto, planchado. Ojos oscuros, boca pequeña. Tampoco era la cara más linda de la fiesta, pero estaba acorde a ella, a su todo. Un combo que ya se había ganado mi atención para el resto de la noche. ¡Y eso que estaba en pañales! (la noche, no yo, aclaro, aunque varias veces lo pensé….¿a quien no le gustaría evitarse las visitas al baño?).
Pero yo no sabía que tenía algo más para mostrarme, algo que terminaría de cerrar mi fascinación. Nunca lo habría imaginado, pero lo logró, logró cautivarme por completo y evitó que pueda posar la mirada en otro monumento femenino. Fue tan simple, tan sagaz el artilugio que se tenía guardado que no hizo más que arrancarme una sonrisa inmediata. Continué observándola a lo largo de la fiesta para confirmar lo que ya era evidente. “Quizás es el ritmo, quizás es la sobriedad”, pensé. No, nada de eso. Es ahora ya indiscutible y confirmado: ella baila mal.
Los piecitos que asoman por debajo de esa prolongada pollera van a destiempo, no aciertan al pulso de la cumbia. Tampoco del reggaeton o del cuarteto. Es ella. Baila mal, espléndidamente mal. No utiliza el típico recurso de los malos bailarines que exageran hasta el burdo sus movimientos torpes. Ella es sutil. Su torpeza se traduce en seducción, lejos, cada vez más lejos del estereotipo de mujer actual. Pese a ello, no la pasa para nada mal. Es feliz con su falta de coordinación a cuestas, hecho que aporta nuevos indicios de su forma de ser, confirmando en parte la cierta intelectualidad que denotaba la vestimenta.
“Me encanta como bailas”, me podría haber acercado y susurrado al oído, pero hubiera sido tan poco creíble que habría merecido un bofetón. Sonaría a “chamuyo”, aunque, en realidad era cierto, me gustaba como bailaba mal. Qué difícil de explicar, más aún a los gritos en un baile atronador.
No quiero parecer un Palito Ortega enamorado de despeinadas. No es la idea. Su forma de bailar y de vestir resumía su forma de ser. Eso capté, eso me enterneció, eso me cautivó. Torpe pero feliz, indefensa ante la fluidez de movimientos y desnudismo del entorno de su edad y sexo. Ella es diferente, ella lo sabe, ella lo hace notar. No le dije nada y dudo que alguna vez la vuelva a ver. Seguirá con tal particularidad su derrotero de fiestas lejos de mi mirada y fascinación. Ella baila mal, decididamente mal, y lo hace de una forma espectacular…

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