viernes, 31 de agosto de 2012

Alegato del prejuicioso

Soy una persona prejuiciosa, lo admito, al fin, ¿contentos? Vaya mala palabra, prejuicio. No nos detenemos mucho a analizar su significado, solo sabemos que es algo malo, muy malo. Quizás es el momento de hacer cierta reivindicación, concédanme pues algunas líneas para desarrollar este alegato, y como quien dice “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, no prejuzguen de antemano su contenido.
Partamos desde una premisa: el prejuicio es algo que se antepone al juicio, un paso previo. Estamos por llegar a una determinada instancia de juicio pero, antes de ingresar en ella y seguramente sin la “imparcialidad” que dicha situación supone, nos aventuramos a juzgar de antemano. En este punto ya inferimos una verdad: el prejuicio evita el juicio. Apa, ya les empieza a gustar…
Nunca, sin embargo, se entiende al prejuicio de esa manera. El prejuicio es para la sociedad una acusación sin pruebas ni datos que la sostengan. Esto es parcialmente cierto, porque el común de la gente no sabe prejuzgar. El prejuicio es un arte digno de seres con alto nivel de receptividad, capaces de deducir características de situaciones y personas con las que se lleva escaso o nulo contacto. Esas características extraídas pueden ser completamente válidas si atienden, como les decía, a la gran faceta perceptual del “prejuzgador” profesional.
En el establecimiento de relaciones puede que esté la clave. Personas y hechos remiten constantemente a otras personas y hechos conocidos y/o atravesados previamente. Sus consecuencias, entonces, muy probablemente también terminen remitiendo a ello. Si fuimos testigos de un fracaso, ¿por qué volver a intentarlo si las condiciones iniciales son exactamente las mismas? Y la historia, personal como colectiva, créanme, es prácticamente cíclica: se repite una y otra vez disfrazada de futuro. ¿Acaso hay mejor ejemplo que la clase política argentina y la inestabilidad del país? A cada artificial veranito le ha de sobrevenir un crudo invierno, una y otra vez.
Otro elemento fundamental en este proceso es el escepticismo. El escepticismo es no creer por el mero hecho de creer, por la acción de soñar y autoconvencerse de que algo puede resultar. Esto no significa que no existe nada en lo que creer ni en lo que soñar. El escepticismo es una invitación a buscar con insistencia aquellas cosas por las que realmente vale la pena apostar. Cuanto más ardua la búsqueda más satisfactorio será el hallazgo.
Es difícil abordar estás temáticas porque se presta a malinterpretaciones. Prejuicio = malo, nene caca. Y no se mueve mucho de ahí la concepción, nadie se pregunta por qué es algo malo o si acaso no lo es tanto. Como en todo, lo que es malo es el exceso. Tornarse completamente prejuicioso al punto de no permitirse explorar nada, seguramente es algo más que negativo. Pero, en su dosis justa, el prejuicio es una herramienta válida. Seguramente, el tenerlo de forma innata me ha hecho perder cosas interesantes, pero tengo la inmensa certeza de que me ahorró más disgustos que satisfacciones.
Voy concluyendo esta apología del prejuicio antes de recibir alguna denuncia de algún idealista exasperado. Nuestra filosofía, entonces, nos dice que el prejuicio es un acto que, realizado correctamente, nos puede evitar la amarga acción del juicio, con el hecho consumado y, peor aun, con la precoz intuición de que todo resultaría como resultó. Si se intuye que algo no va a funcionar, ¿por qué ocultarlo? A salir entonces de los closets a gritar a los cuatro vientos nuestro amor al prejuicio en su sana dosis. Y al que no le guste a simple vista nuestra forma de ser, ya lo vamos increpando: “chee, no seas prejuicioso…”


El prejuzgar es perjudicial para la salud (ley 23345). Prohibida la venta a menores de 18 años.  

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