Soy músico.
Algunos me conocen e inevitablemente lo saben. Quienes no saben quien soy,
sépanlo, soy músico. Peor aun, soy guitarrista y cantante, lo que es algo así
como cómo no saber nadar en el Titanic. Mucha gente, poco bote, mucha agua. “Oh,
Jack!!”
Hay una arista
inevitable de la vida del guitarrista: las reuniones sociales y la exigencia de
que toque. Un gustoso de la música, fino, obsesionado por la “buena”
interpretación suele rehuir de esas instancias.
- “Sí, toco la guitarra pero tengo medio jodido el
pulgar, me lo apreté con la puerta del ascensor, no sabes lo que duele.”
- “¿Eehh, a mi me hablas? Tengo el oído tapado, no
escucho un pomo. ¿Eehh? ¿Que toque? Nooo, no soy Beethoven como para tocar
así”.
Bueno, no voy
a seguir quemando mis excusas. Simplemente no me gusta tocar en reuniones
informales, pura experiencia previa: lo que yo toco, muy probablemente, no le
va a gustar a quienes estén participando de la reunión. Sencillo, no la pasemos
mal ambas partes, porque no hay daga peor para un músico que tocar y sentir que
no es escuchado. Pese a que lo he intentado no pude, no me sale, no logré
aprenderme “una que sepamos todos” y ahora ni siquiera lo intento ni lo quiero
hacer. No soy un músico de fogón. Punto.
El músico de fogón
se caracteriza por llevar almacenado en su subconsciente un arsenal de temas y
canciones populachas, con escasa producción musical en su instrumento, pero con
la estructura de acordes básica ensayada y la letra completa de “pe a pa” con
una afinación relativamente aceptable de su correspondiente melodía que produce
que hasta al más sordo reconozca ese
ensamble como algo “conocido”. Los músicos de fogón son tan mediocres como necesarios,
ruego hubiera uno en cada reunión de la que participo que eclipse completamente
mi figura.
Ayer mismo,
por ejemplo, se tocó fondo en este asunto. Asado entre amigos y algunos otros desconocidos
para mí. Una verborrajica regordeta me encaja de sopetón una guitarra cachusa
carente de una cuerda, gesto que acompaña con un simpático: “tócate algo, mini
Arjona”. Y fue tan real, tan palpable la imagen que hasta llegué a creer por un
momento que estaba verídicamente viviendo esa escena; veía clarito la guitarra
fragmentarse en miles de astillas al impactar de lleno en la cabeza de la
susodicha dama, en una cámara lenta eterna que permitía apreciar la precisión
del golpe y gozar así la extinción de ambos
focos de conflicto: la muchacha y la guitarra. Esto, lógica y lamentablemente,
no pasó y cuando desperté de mi letargo tuve que contentarme con dejar la
guitarra en una mesita ratona pronunciando un diplomático “no voy a tocar”.
Años de ejercicio del control de las reacciones le dan al “leche hervida” que
les escribe una inhumana serenidad ante semejante situación.
Sobreviví una
vez más al asedio de las masas sedientas de rock nacional y canciones de radio.
No es mala predisposición. Soy simplemente de los que creen que la música
espera y busca momento y espacio justos. Cuando los oídos saben escuchar, la
música, sin que nadie la llame, viene. Son instantes únicos, algunos ya vividos
y muchos tantos por vivir. Prefiero, por lo pronto, irme al cruce de esos
instantes, silbando bajito…, con la música a otra parte.
Jaja muy bueno la verdad coincido mucho con lo que decís, se creen que "tocar la guitarra" es saberse las canciones de: "La renga", "Los piojos" "CalaMALO", etc etc y mas mediocres etc...
ResponderEliminarAh y me olvidaba de la fija "El che y los rolling stones"